Un reino prohibido


Un reino prohibido
Mustang una de las regiones más inaccesibles y enigmáticas del mundo.

Nada es demasiado agotador para llegar al Mustang. No importan las ampollas que se encajan en la piel y en los ojos, el viento que cala y el sol que arde, un árido marco resplandece dando luz al ancestral ciudad prohibida Mustang cuya extensión es fácil de descubrir. Todo cobra sentido al entrar en el reino.

Sin duda, esas tres horas que dividen a Mustang del Tíbet favorecen el ambiente en donde los pobladores, limpiando cebada, saludan un tanto extrañados a los visitantes.

Los niños corren llevando consigo semanas o meses de polvo que eventualmente se quitan en el riachuelo que cruza a la ciudad.

Mustang (cuya pronunciación es “Moo-stang” que traducido del tibetano significa “llano de anhelo”) vive desde los primeros años de la octava centuria y cuenta la historia que ante los múltiples intentos de invasión, se construyeron fuertes en las colinas cercanas a la ciudad, los que mantuvieron a salvo al reino.

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Fue hasta 1992 que el gobierno de Nepal permitió el acceso a la zona, limitando el número de turistas a 350 al año. ¿Tan pocos? O tantos. Cuestión de enfoques pues el hombre “moderno” no cabe allí, el turista de los souvenirs no hallará malls.

Mustang es igual a las calles angostas adornadas con pequeñas gompas, ofrendas hechas con cabezas y cuernos de búfalo que evitan el mal de ojo y la presencia de los malos espíritus, coloridas ventanas y puertas pequeñas, monasterios ancestrales que cuidan mandalas (pinturas sagradas) e imágenes de buda y un palacio Real, cuya edad se deja ver en cada hueco.

En Mustang sólo cabe quien abre la puerta a un mundo pasado que sigue y que necesita vivir para siempre.

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