Tahití feliz y paradisíaca

Situada en el centro de una Laguna azul ribeteada por la barrera-coralina al Sur del Pacifico, a medio camino entre California y Australia.

Su clima agradable, junto a la lujuriante belleza de una Naturaleza casi intacta, la espontanea hospitalidad de sus gentes y las muchas sugestiones históricas, la han convertido en una de las metas más deseadas de multitud de turistas.

Pero, a pesar de esa ya muy consolidada popularidad turística, Tahití ha conseguido mantener en pie su fama de paraíso terrestre en el que sigue siendo posible saborear el placer de la vida.




Ninguna otra tierra del mundo consigue transmitir una sensación más intensa de esperanza e ilusión; en Tahití, quien está solo busca el amor, quien es viejo busca la juventud, quien está deprimido busca la felicidad. Definieron a la isla como el nuevo Edén.


Un paraíso donde el malvavisco, el jengibre rojo y una variedad de jazmín (flores) son, junto con los arboles de coco son las especies más difundidas de la isla.


La isla de Tahití representa la quintaesencia de las islas tropicales y aparece como el espejismo de un oasis rodeado de nubes entre las azules aguas del Pacifico.
Desde las crestas de sus montañas caen las cascadas sobre sus lozanos y escarpados valles, mientras sus caminos están decorados por orquídeas, hibiscos, jazmines y tiaras, las gardenias polinesias que los habitantes de Tahití reivindican como propias.

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A lo largo de un litoral formado de coral, rocas y arena lavada por las olas, las palmeras filtran a los alisios con sus hojas parecidas a dedos que hubiesen sido pintados de color plata por los rayos del sol.

Tahití intenta abrazarte desde antes mismo de tu llegada, agobiándote con la idea de su mito y provocándote con sus dulces promesas.


Pero sea cual sea la Tahití que cada uno traiga en su corazón, probablemente no será la isla real que hoy se encuentra a unos cinco mil kilómetros al Sur de las islas Hawai. Una visita a Tahití, por tanto, no representa exactamente una evasión del mundo moderno, sino más bien una lección sobre como vivir junto a este mundo.


Comer en Tahití es una auténtica delicia, porque allí la alianza entre la cocina francesa y la tahitiana es una de las combinaciones gastronómicas más afortunadas del mundo.


Es en la isla de Moorea donde se encuentran hoy mayor-mente las sugestiones idílicas evocadas por esos dibujos los habitantes de Tahití prefieren pasar allí el fin de semana, en cierto modo para evadirse de la presión del paraíso.


Moorea es más pequeña, más tranquila y más teatral que Tahití, como si la esencia de la isla más grande hubiera sido destilada en ella de algún modo.

Las playas son más bonitas, sus dos profundas ensenadas más intimas y su paisaje, en general, menos hollado por el hombre, careciendo de auténticas ciudades y teniendo solamente unos cuantos pueblos pequeños repartidos por la isla.

En Moorea, incluso más que en Tahití, nada parece tener demasiada importancia.

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