En un lugar inhóspito al sur del lago Titicaca sobre 4 mil metros de altitud, se levantan las ruinas de las culturas pre colombianas más desconocidas de Iberoamérica.
La orilla más meridional del, en el altiplano de los Andes centrales, en l zona fronteriza entre Perú y Bolivia, donde el aire de los 4 mil metros está enrarecido, el corazón se dispara los latidos retumban en el pecho, es un paramo desnudo, sin arboles, ni arbustos, expuesto un solo despiadado y a unos vientos incontenibles que gritan furiosamente con el eco de los abismos del barranco.
Tiahuanaco fue un centro urbano organizado en torno a un buen centro ceremonial complejo, que hizo posible el crecimiento y asentamiento en el entorno de una población estimada entre los 15 mil y los 20 mil habitantes en su momento de máximo esplendor (entre los siglos III y VII después de Cristo). Aunque no se han localizado aun los edificios residenciales, las obras que todavía salpican este atormentante paisaje evidencia la importancia de que debió de alcanzar la ciudad-estado de Tiahuanaco.
Cerca de la Puerta del Sol, se encuentra el templo semi-subterraneo, se trata de una construcción de planta casi cuadrada 28.5 por 26 metros, excavada en el terreno a 1.70 metros de profundidad y limitado por un muro de contención compuestos por losas y pilares monolíticos verticales con bloques o piezas menores intermedias.
En el interior de la construcción, cubría una superficie de 120 por 130 metros, se encontraba un patio hundido al que descendía por una gigantesca escalinata al “Palacio de los féretros”. Y finalmente se encontraba “Puma Punku”, la puerta de los diez o del agua.
Todavía en la actualidad vive gente en las orillas del lago: los urus, un pueblo que habita en balsas de cañas ocultas en maleza y en cabañas primitivas. El lago les ofrece todo lo que necesitan para vivir: pescados, aves, el material para navegación de sus botes y para la construcción de sus viviendas.
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