Goa, la otra cara de la India

Oriente y Occidente se dan la mano en este pequeño paraíso indio donde tantos años de dominio portugués han configurado un territorio en el que conviven dos estilos muy diferentes.


En numerosos recodos del camino se descubren pequeñas capillas o altares de perfil netamente católico, del mismo modo que en la plaza mayor de cada población se puede ver una blanca y muchas veces barroca iglesia que la preside. Las mujeres casi nunca visten el sari sino que suelen llevar un vestido de vivos colores, a veces floreado, de una sola pieza.


Las fiestas se celebran al ritmo del mando, bastante distinto del que es habitual en la India, y se remojan con el feni, un aguardiente que algunos han comparado al vodka. Ni siquiera las fiestas están relacionadas con Rama, Shiva o Vishnú sino con San Francisco Javier, la Navidad o el Carnaval.


Todo es distinto en este pequeño territorio de apenas cien kilómetros de costa y sesenta de penetración interior. Nada nos recuerda la súper poblada India, aquí todo es paz, dulzura y serena belleza que combinan el verde de los cocoteros con el azul del mar y el blanco de la fina arena que forma las interminables playas de Goa.

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Pocos son los templos hinduistas, remontándose los más antiguos al siglo XVIII ya que los anteriores fueron destruidos por los portugueses. Manguesh dedicado a Shiva, Shanta Durga y Nagesh son los más frecuentados, aunque nunca tanto como algunas de las más famosas iglesias: San Cayetano, Santa Catalina, la del monasterio de los Agustinos, la del ruinoso convento de Santa Mónica o, sobre todo, la Basílica del Bom Jesús, en Old Goa, auténtico museo rodeado de apacibles jardines. Y es que el ochenta por ciento del millón de habitantes de esta ex colonia son católicos gracias al esfuerzo conjunto de San Francisco Javier y los portugueses.


Algo más al Sur esta Margao, importante centro comercial de una de las más ricas y regiones de Goa. El temperamento animado y alegre de esta ciudad se vive especialmente en su típico mercado donde los cocos alternan con los pescados y mariscos. La arquitectura cobra un noble y marcado acento colonial gracias a las ricas mansiones que algunos terratenientes levantaron, los balcones de madera y los jardines son parte fundamental de estas atractivas construcciones.


Ya por la tarde es cuando suelen tener lugar los espectáculos, entre los que sobresalen las peleas de toros. Siempre gozan de nutrida concurrencia pues las apuestas están permitidas. La lucha es a muerte, cornada a cornada y reviste cierto riesgo para los espectadores ya que no gozan de otra protección que la de hallarse encaramados en pequeños montículos de arena.


Finalmente, por la noche, alrededor de las ocho, el viajero puede acercarse a los numerosos chiringuitos de la playa donde, por muy poco dinero, podrá degustar los mejores mariscos de la zona (langostas, cangrejos, gambas, etc.) recién pescados. Para beber puede pedir el típico feni, destilado a partir del coco y del anacardo, o cualquiera de los muchos cócteles cuya fórmula se mantiene celosamente en secreto.

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