El enigma de San Agustín, Colombia



No se conoce el verdadero significado de estas majestuosas figuras de piedra esparcidas en suelo colombiano, pero encierran los restos de una antigua y misteriosa civilización megalítica.


En la región montañosa que divide las grandes cuencas del Magdalena y del Cauca, en las estribaciones de los Andes colombianos, a 1.700 m de altitud, se encuentra el territorio arqueológico de San Agustín. Es una zona de suaves colinas, limitada por profundos cañones en los que discurren con fuerza un joven y tumultuoso rio Magdalena y sus primeros afluentes.

El clima templado, la gran fertilidad del suelo y la abundante pluviosidad dieron vida aun frondoso bosque sub-andino del que, a pesar del severo desmonte, pueden verse aún pequeños reductos esparcidos por el paisaje.


El territorio de San Agustín abarca una extensión de más de 500 km y encierra los restos de una antigua y misteriosa civilización megalítica, célebre por sus cuatrocientas esculturas de piedra. Estas majestuosas figuras y los monumentos votivos o funerarios que les sirven de contrapunto son anteriores a la cultura Chibcha, la más famosa de las culturas colombianas porque en ella se basó la leyenda de El Dorado.

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La antigua civilización de San Agustín es uno de los grandes enigmas de la historia precolombina. Es probable que, como en muchas otras regiones de Colombia, la población de San Agustín explotara a lo largo de su historia la gran diversidad de recursos agrícolas que brinda la infinita gradación climática de estas escarpadas tierras.


La economía agrícola se complementaba además, con un activo intercambio de productos con los pueblos vecinos; así parecen atestiguarlo los numerosos caminos, reliquias de tiempos pasados, que serpentean por las abruptas pendientes y que, hoy todavía, los campesinos de la zona utilizan con mucha frecuencia.


Los animales eran muy importantes en esta cultura porque tenían un gran papel simbólico o emblemático: el águila simbolizaba la luz, el poder y el fuego; la serpiente era el antepasado mina) (como Quetzalcóatl para los mayas) y, también, una deidad protectora de las aguas que simbolizaba la fuerza creadora; el mono simbolizaba la fertilidad y el culto fálico, y los felinos, aparte de otros atributos, indicaban el mundo telúrico. Es probable que los agustinianos, como los chibchas y muchos otros pueblos amerindios, domesticaran animales salvajes como papagayos, tigrillos y monos que, por su valor simbólico o religioso, eran objeto de consideraciones especiales.


Aparte de estas conjeturas o certezas a medias, poco más se sabe sobre la vida cotidiana, las supersticiones y las creencias de los hombres de San Agustín. Es posible aunque no hay ningún indicio que lo confirme que los agustinianos hiciesen, como los chibchas, ritos de consagración de sus casas, cimentando sus columnas sobre cuerpos femeninos enterrados en vida. O que sus campesinos practicasen, como los taironas y chibchas, la unión sexual en los campos, recién sembrados con la vana esperanza de aumentar la fertilidad de su tierra mientras sus altos dignatarios incurrían en la sodomía.


En todo caso, es prácticamente seguro que, como en las demás culturas precolombinas, los sacrificios humanos estaban a la orden del día. Por lo menos así parecen indicarlo algunas de sus estatuas, estos severos y mudos testigos del tiempo.

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