Aventura en tren por el país de los príncipes Rajasthan

De marzo a octubre, el fabuloso “Palacio sobre ruedas” recorre el Rajasthan, el Estado más grande de la India septentrional. Un viaje de lujo que, durante una semana, transporta a los turistas a la mítica atmosfera del tiempo de los maharajás, atravesando bosques y palacios hasta llegar al paisaje lunar de las rocas del desierto.

En la estación de Jaipur reciben a los turistas por un grupo de músicos que ofrecen guirnaldas de flores. La “ciudad rosa” de Jaipur, llamada así por la cantidad de paredes que hay en ella teñidas con agua y garoo una especia de arcilla rosa y que ha sido caprichosamente descrita como “un montón de pasteles de fresa”.

Esta deliciosa ciudad, fundada en la llanura en 1727 en sustitución de la antigua capital, la vecina Amber, es un legado del maharajá Sawai Jai Singh II, astrónomo, protector de las artes y urbanista. Edificado en torno a un palacio, el centro histórico sigue rodeado de murallas almenadas y atravesado por avenidas lo suficientemente anchas como para permitir el paso de una falange de elefantes. Los artesanos se establecen en ese lugar siguiendo unas pautas que todavía se mantienen: los grabadores de cobre y los orfebres, los plateros y los esmaltadores, los tintoreros y los quincalleros, todos tienen su propio barrio para comerciar.

Otro lugar interesante es el Palacio de la Ciudad, donde todavía reside el maharajá de Jaipur. Cuando la India consiguió su independencia, los principados fueron absorbidos por la unión, pero los príncipes conservaron sus palacios y sus propiedades personales. En el interior de este palacio se encuentra el Museo del Vestido, que contiene trajes ceremoniales con brocados de seda de Benarés, mantones hechos con Lana de cachemire y una especie de bufanda para las grandes ocasiones bordada con kilos de kilo de plata.

En el Museo de las Armas y de las Armaduras destacan siniestramente los puñales con empuñadura de cristal y jade. La Galería de Arte es un maravilloso caudal de miniaturas entre las que abundan las de tema religioso, como la que representa a Ganesh, el dios con cabeza de elefante, con el rostro y la trompa pintados de color naranja, o la que representa al dios Krishna, con la tez azulada y tocando la flauta.

Pinturas al fresco y filigranas de mármol adornan los pabellones de Amber, cuya auténtica gloria, sin embargo, se encuentra en los mosaicos que decoran las paredes y el techo del Sheesh Mahal o Palacio de los Espejos. Gracias a la luz que rebota sobre los policromos fragmentos de cristal, incluso los ángulos más oscuros de la sala emiten reflejos plateados, centelleos de topacio, rubí o zafiro.

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Desde el palacio fortificado se pueden apreciar algunos espectáculos aún más variopintos: un cortejo nupcial del país. Escoltado por una Banda y vestido con una túnica de raso blanca y un turbante de lamé dorado, el esposo se dirige, montado a caballo, a recibir a su esposa.

Durante las veintiuna horas y media que dura el viaje desde Udaipur a Jaisalmer uno se logra adaptar a las extravagancias del Palacio sobre Ruedas. Las comidas se sirven en dos vagones separados y cuando el tren se detiene, los pasajeros se ven obligados, por así decir, a practicar una especie de juego de los vagones parecido al juego de las casillas, ya que “para conservar la auténtica atmósfera de una época ya fenecida” los vagones no se comunican entre si. Por lo tanto, si uno desea alternar un poco con los demás pasajeros se debe de aprovechar los momentos en que el tren se detiene para abastecerse de agua o de combustible, saltando a tierra y corriendo hacia el vagón restaurant.

Bajo el mágico fulgor del crepúsculo, el tren empieza su descenso hacia el desierto. Crestas oscuras en forma de ondas se alejan hacia un horizonte incendiado de color naranja matizado por tonos de color albaricoques o lila tenue. Se debe de pasar por el desierto de Thar en dirección a Jaisalmer. Los terrenos cultivables dejan paso a los montones de rocas y arena y los camellos se agolpan en torno a los pozos. A lo lejos, la ciudadela fortificada de Jaisalmer parece una simple colina alta y abrupta del desierto, pero al aproximarse a ella, sus 99 baluartes, con sus recodos y almenas, hacen pensar en un castillo de arena construido por un gigante.

En 1156, un caudillo del desierto llamado Maharawal Jaisal empezó la fortificación de este remoto oasis que pronto se convirtió en una floreciente estación de paso en la ruta de las caravanas que unían la India con Persia, Arabia y el Mediterráneo. Hoy Jaisalmer (Fortaleza de Jaisal) es el centro neurálgico de la zona más occidental del Rajasthan.

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