Fábula de Los dos pichones con moraleja y refrán

Los pichones se querían tiernamente, pero uno de ellos se aburría en casa y tuvo la insensata ocurrencia de hacer un largo viaje, entonces le dijo su compañera:

¿Qué vas a hacer? ¿Quieres dejarme? La ausencia es el mayor de los males; pero no lo es sin duda para ti, a no ser que los trabajos, los peligros y las molestias del viaje te hagan cambiar de propósito. ¡Si estuviera más adelantada la estación! Aguarda las brisas primaverales.

¿Qué prisa tienes? Ahora mismo un cuervo pronosticaba desgracias a alguna ave desventurada. Si marchas, estaré siempre pensando en funestos encuentros, en halcones y en cedes. ¡Está lloviendo! diré, ¿Tendrá mi compañero buen albergue y buena cena?

Este discurso movió el corazón del imprudente viajero, pero el afán de ver y el espíritu aventurero prevalecieron al fin y le contestó:

No llores, con tres días de viaje quedaré satisfecho. Volveré enseguida a contarte, punto por punto, mis aventuras, y te divertiré con mi relato. Quien nada ha visto, de nada puede hablar. Ya verás cómo te agrada la narración de mi viaje. Te diré: estuve allí y me paso tal cosa... Te parecerá, al oírme, que has estado tú también.

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Se despidieron llorando. Se alejó el viajero y al poco rato un aguacero lo obligó a buscar abrigo. No encontró más que un árbol de tan menguado follaje, que el pobre pichón quedó calado hasta los huesos.

Cuando pasó la borrasca, se secó como pudo, y divisó en un campo inmediato granos de trigo esparcidos por el suelo y junto a ellos otro pichón. Se avivó su apetito, se acercó y quedó preso: el trigo era cebo de traidoras redes.

Estas eran tan viejas y estaban tan gastadas, que trabajando con las alas, el pico y las patas, pudo romperlas el cautivo, dejando en ellas algunas plumas; pero lo peor del caso fue que un buitre, de rapaces garras, vio a nuestro pobre pichón que arrastrando la destrozada red parecía un forzado que huía del presidio.

Ya se arrojaba el buitre sobre él, cuando súbitamente cayó desde las nubes un águila con las alas extendidas. El pichón se aprovechó del conflicto entre aquellos dos bandoleros, echó a volar y se refugió en una granja, pensando que allí acabarían sus desventuras.

Un muchacho malvado hizo voltear la honda, y de una pedrada dejó medio muerto al desdichado pichón, que maldiciendo su curiosidad, arrastrando las alas y los pies, se dirigió cojeando y sin aliento hacia el palomar, adonde llegó al fin como pudo sin nuevos contratiempos.

Ya cuando se hubo recuperado volvió a su natal hogar, con el otro pichón. Juntos al cabo los dos camaradas, el viajero no quiso hacer relato alguno de su “divertido” viaje.

Refrán:

"La aventura y la curiosidad no son aconsejables para quienes no tienen medios de defensa. Su debilidad los obliga a volver más pronto de lo que pensaban a su punto de partida"

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