Reconocer la culpa sin culpar a otros

Si auto inculparse por nada es dañino, también lo es el extremo opuesto: culpar a los demás de cualquier fallo, adversidad o contratiempo. Echar las culpas al prójimo convierte a uno en acusadores y jueces, además de que genera tensión, desconfianza y enrarece todas las relaciones que tenga uno.


Este es el caso de mucha gente culpar a todos los que levantan el dedo acusador. Directa o indirectamente, buscan culpables al menor contratiempo; cuando algo no sale según lo que estaba previsto o era deseado, siempre acaban atribuyendo la responsabilidad al otro.


Cada vez que las cosas salen mal, la gente se siente frustrado o contrariado, y en lugar de admitir honestamente, la gente se desahoga echando las culpas a los demás.


Culpar al prójimo es la forma que mucha gente ha encontrado para descargar la rabia y el dolor cuando estos sentimientos lo superan. Pues es que rehúyen asumir cualquier tipo de error, penalidad o contratiempo.


Seguramente, el malestar representa una carga excesiva para su maltrecha autoestima y, cuando este lo sobrepasa, le resulta mucho más cómodo señalar hacia afuera que indagar en sus propios sentimientos y responsabilidades.


Poca gente es capaz de decir abiertamente y cuando es preciso: “Ha sido culpa mía”, con sencillez y humildad, sin venirse abajo ni humillarse, se abstienen de buscar y señalar culpables. Saben perfectamente que todos nos equivocamos y que lo sabio no solo es rectificar, sino también aprender del error.

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