Fábula del ratón y la ostra

Un ratón, nacido en el campo se cansó pronto de los domésticos sitios. Dejó pues a sus padres, el grano y las gavillas, y marchó a correr por el mundo.

Así que estuvo fuera de su madriguera, exclamó regocijado:

¡Qué espaciosa es la tierra!, ¡He ahí los Apeninos!, ¡He allá el Cáucaso!

Cualquier montecillo de arena o piedra era para él un Himalaya. Al cabo de unos días el viajero llegó a una playa donde las olas habían dejado a seco algunas ostras, y nuestro ratón creyó, al verlas, que eran bosques de alto bordo.

Pero él pensaba:
¡En verdad que mi padre era un pobre señor!

No se atrevía a viajar temeroso de todo. ¡Yo soy muy distinto! He visto ya el imperio de Neptuno y he cruzado los áridos desiertos de la Libia.

De una rata erudita había aprendido todo eso, y lo aplicaba como él lo entendía, porque no era de aquellos ratones que a fuerza de roes libros se hacen sabios.

Entre aquellas ostras, cerradas casi todas, había una abierta.
Bostezando al sol, respiraba la fresca brisa, blanca, tierna, jugosa y a juzgar por las trazas, sabrosísima.

En cuanto distinguió el ratón aquella ostra viva y palpitante, gritó:
¿Qué veo? Parece manjar, y si no engaña la apariencia, es algo exquisito... ¡Lo probaré!

El inexperto animal gozoso y esperanzado, se acercó al marisco, alargó el cuello y se sintió capturado en una trampa. La ostra se había cerrado sobre su pescuezo.

"A los que poco o nada conocen los sorprende todo y más nos vale reconocer la ignorancia para no exponernos a caer dentro de una trampa"

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