El precio de la rigidez emocional

La rigidez emocional del perfeccionista tiene precio. El miedo al fracaso y el no darse permiso para decir lo que siente, pedir ayuda, confiar en los demás, ser flexible y tolerante, lo lleva a aislarse del mundo.


Su pareja lo ve como a un desconocido con quien no puede tener intimidad y, por su frialdad y reserva, en ocasiones llega se sentirse abandonada, poco amada y aceptada, principalmente si no hay convivencia.


Este sentimiento no nace del vacio, ya que muchos perfeccionistas bloquean el intercambio afectuoso para no sentirse vulnerables, no correr riesgos y permanecer en control de sus emociones, pero como estas no siempre se pueden manejar, entonces surge el miedo.


Muchos creen que si hablan de lo que sienten se exponen al rechazo o pierden estatus. Por ello, con frecuencia reprimen, minimizan o intentan evitar sus afectos: el amor es un terreno que se ve como peligroso y cada vez que se sienten atrapados o comprometidos en una relación estable o de largo plazo, la ansiedad los acosa.


En cuanto al aspecto sexual, lo ven como un terreno de competencia, crítica y comparaciones; nada de sensibilidad. En tanto que lo económico es otro ámbito propicio para el control:

Dar solo lo necesario, vigilar su destino, pedir una escrupulosa rendición de cuentas y descartar los gastos superfluos.


El perfeccionista llega a criticar y a presionar a su pareja, hijos o amistades para que hagan las cosas a su gusto, sin tener en cuenta ritmos y estilos de los demás.


Espera a que tengan su misma visión, se pongan las pilas y den todo de si, y si el resultado no es el deseado surgen conflictos. No son pocos los que, al sentirse en desventaja y poco reconocidos, pintan su raya y se alejan, o deciden. "Devolver el golpe" mostrándose indiferentes. Otros se sienten culpables por no con estas expectativas.

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