Salida del pueblo de Israel de Egipto

El Éxodo en las citas 1.1 — 15.21 nos relata el cambio de situación que, para los descendientes de Jacob, supuso el que “un nuevo rey, que no conocía a José” (1.8), comenzara a reinar sobre Egipto.

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La narración no se ajusta a una cronología estricta, y a primera vista parece que los hechos se suceden sin solución de continuidad. Sin embargo, una lectura atenta lleva a la evidencia de que, entre el asentamiento de Jacob en Gosén (Gn 46.1-47.6) y el reinado del nuevo faraón, transcurrieron los 430 años de la permanencia de los israelitas en Egipto (Ex 1.7).


Fue tan solo en el último tiempo cuando la hospitalidad egipcia (Gn 47.5-10) se trocó en opresión y los israelitas fueron reducidos a la esclavitud (1.13). En aquella penosa condición, sus suplicas llegaron a oídos del Señor (3.16), que llamó a Moisés y se le revelo en “Horeb, monte de Dios” (3.1) para confiarle la misión de liberar al pueblo (3.15-4.17).


Con un extraordinario despliegue de señales portentosas, Dios, por medio de Moisés, obliga al faraón a dar libertad a la multitud israelita (12.37-38). Esta, después de haber celebrado la primera Pascua como signo de salvación, emprende la marcha camino del mar, y lo atraviesa a pie enjuto por el mismo punto en que luego las aguas cubrieron al ejército egipcio.


El pueblo, entonces, junto con Moisés y María, expresa su gratitud a Dios entonando un canto, que es uno de los testimonios más antiguos de la milagrosa liberación de Israel (15.1-18,21).

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