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Muchas veces la vida depara los mismos percances a los optimistas y a los pesimistas, la diferencia está en su forma de afrontarlos. La persona optimista se rehace de su derrota, aprende de ella y continua luchando, mientras que la del pesimista se desmorona, se rinden e incluso, según las circunstancias, puede caer en la depresión.
Apuntar a lo que nos ocurre de un modo positivo tiene efectos muy beneficiosos, ya que el optimismo está se relaciona con la alegría, la perseverancia, el éxito e incluso, la salud física. Unas últimas investigaciones demuestran que las personas positivas tienen un sistema inmunológico más fuerte y una mayor calidad de vida.
Sin embargo la mayoría de las personas han experimentado alguna vez ambos estados; las personas dudan en sus sentimientos, aunque la personalidad los llevará siempre hacia uno de los dos extremos.
En realidad, no se trata de ser siempre optimista, de manera incondicional y en todas las situaciones. El pesimismo también es necesario y adaptativo, pues a veces puede mostrar la cara de la realidad. La clave está en encontrar un equilibrio emocional que permita saber en qué situaciones hacer uso de lo positivo como impulso y en que otras utilizar lo negativo como freno.
Entonces a ésta actitud se le puede conocer como: “optimismo flexible o inteligente”.
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