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El AT, al igual que toda la Biblia, reconoce en su origen una auténtica experiencia religiosa. Dios se revela al pueblo de Israel en la realidad de su historia, y lo hizo como el Dios único, Creador y Señor del universo y de la historia, no asimilable a ninguna otra experiencia humana ni identificable con ninguna imagen hecha por los hombres.
Dios es el Autor de la vida, el Creador de la existencia de todos los sores; y es un Dios salvador, quo siempre está al lado de su pueblo, pero que no se deja manipular por él; quo impone obligaciones morales y sociales, quo no se deja sobornar, que protege a los débiles y área la justicia. Es un Dios quo se acerca al pueblo, especialmente en el culto; un Dios perdonador, que quiere que el pecador viva, pero que juzga con justicia y castiga la maldad.
De las ideas y el lenguaje del AT están profundamente penetrados los escritos del NT, en cuyo trasfondo se halla siempre presente el Dios del AT, el Padre de Jesucristo, en quien revela definitivamente su amor y su voluntad salvadora para todo aquel que lo acepta por la fe.
El AT presta especial atención a las relaciones de Dios con Israel, su pueblo escogido.
Uno de los más importantes aspectos de esta relación es el pacto con Israel, mediante el cual Jehová se compromete a ser el Dios de aquel pueblo, al que ha tornado como su posesión particular y del que exige el religioso cumplimiento de los mandamientos y las leyes divinas. Así, la común fe, las celebraciones culticas y la observancia de la Ley son los elementos quo configuran la unidad de Israel, una unidad que se rompe cuando es infiel al Dios a quien pertenece.
La historia de Israel como pueblo elegido revela quo lo más importante es mantener su identidad religiosa en medio del mundo quo lo rodea, paso necesario quo ha de dar en dirección al mensaje universal quo luego, en Jesucristo, será proclamado por el NT.
No todos los aspectos del AT mantienen igual vigencia para el creyente cristiano. El AT debe ser interpretado a la luz de su máxima instancia, que es Jesucristo. La proyección histórica y profética del pueblo de Israel en el AT es una etapa precursora en el camino quo conduce a la plena revelación divina en Cristo (Heb 1.1-2). Por otra parte, el NT es el testimonio fehaciente de que las promesas hechas por Dios a Israel se cumplen con la venida del Mesías (cf., p.e., Mt 1.23; Lc 3.4-6; Hch 2.16-21; Ro 15.9-12).
Por eso, ciertas instituciones absolutamente validas para el pueblo judío dejan de ser igualmente vigentes para el nuevo pueblo de Dios, quo es la iglesia (cf. Hch 15; GI 3.23-29; Col 2.16-17; Heb 7.11-10.18); y algunos aspectos de la ley de Moisés, del culto del AT y de la doctrina acerca del destino del ser humano, personal y comunitariamente considerado, deben ser interpretados a la luz del evangelio de Jesucristo, el Hijo de Dios.
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