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La Septuaginta llama Levítico (=Lv) a este tercer libro de la Biblia, posiblemente para indicar que se trata de un texto destinado de modo particular a los levitas.
Estos estaban encargados de ejercer el ministerio sacerdotal y de atender a los múltiples detalles del culto tributado a Dios por los israelitas.
La Biblia hebrea, conforme a la norma observada en todo el Pentateuco, nombra el libro por su primera palabra, Wayiqrá, que significa “y llamó”.
En el reparto de Canaán, los levitas (es decir, los miembros de la tribu de Leví) recibieron, en lugar de territorio, cuarenta y ocho “ciudades donde habitar” (Nm 35.2-8; Jos 21.1-42; 1 Cr 6.54-81), repartidas entre las tierras asignadas al recto de las tribus.
Ellos, en cambio, habían sido separados por Dios para servirlo, para que cuidaran de las cosas sagradas y celebraran los oficios religiosos.
Esta es la función específica asignada a los levitas, sobre todo después que el culto y cuanto con él se relacionaba quedó centralizado en el templo de Jerusalén.
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