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La vida del pueblo de Israel después de haber salido de Egipto se puede encontrar a partir del capítulo 15.22-18.27 de Éxodo recoge una serie de episodios relacionados con la marcha de los israelitas por el desierto. Una vez atravesado el mar, se adentraron en los parajes secos y áridos de la península de Sinaí.
En su nueva situación se vieron expuestos a graves dificultades y peligros, desconocidos para ellos hasta aquel entonces. El hambre, la sed y la abierta hostilidad de otros habitantes de la región, como los amalecitas, fueron causa de frecuentes quejas y murmuraciones contra Moisés y contra el Señor (15.24; 16.2; 17.2-7).
Muchos protestaban y, pareciéndoles mejor comer y beber como esclavos que asumir las responsabilidades de la libertad, clamaban: “Ojala hubiéramos muerto a manos de Jehová en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos ante las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos” (16.3).
Por esto, Moisés hubo de interceder en repetidas ocasiones delante de Dios en favor de los israelitas, y el Señor los atendió una y otra vez en todas sus necesidades. Los alimentó con codornices y maná (cap. 16), hizo brotar agua de la roca para que calmaran su sed (17.1-7; Nm 20.2-13) y los libró de los enemigos que los acosaban (17.8-16).
La marcha por el desierto de Sinaí tenía como objetivo final el país de Canaán. Allí estaba la Tierra prometida, descrita como “una tierra que fluye leche y miel” (3.8). Pero antes de llegar a ella, el pueblo de Israel había de conocer que Jehová Dios lo había tomado de entre todos los otros de la tierra para serle consagrado como “el pueblo de su heredad”, como “un reino de sacerdotes y gente santa” (Dt 4.20; 7.6; Ex 19.5-6).
El monte Sinaí fue el escenario escogido por Dios para establecer su pacto con Israel y constituirlo en su propiedad particular.
Ese pacto significaba, pues, un compromiso para el pueblo, que quedaba obligado a vivir en santidad. Esta era la parte que le correspondía guardar, en respuesta a la elección con que Dios lo había distinguido de manera gratuita. Para hacerlo posible, Dios mismo dio a conocer a su pueblo, en la ley proclamada en el Sinaí, lo que de el exigía y esperaba que cumpliera puntualmente.
La Ley (en hebreo, torah), que es dada a Israel por mano de Moisés, comienza con la serie de disposiciones universalmente conocida como El Decálogo o Los Diez Mandamientos, que empieza así: “Yo soy Jehová, tu Dios, que te saque de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre.
No tendrás dioses ajenos delante de mi” (20.2- 3). Con estas palabras queda establecida la vinculación exclusiva y definitiva de Israel con el Dios que lo había liberado y lo había atraído a él como “sobre alas de águila” (19.4).
A partir del Decálogo, toda la Ley, con su evidente preocupación por defenderlos derechos de los más débiles (Ex 22.21-27), viene a sentar el fundamento jurídico de una comunidad creada para la solidaridad y la justicia, y consagrada especialmente al culto de su Señor, del Dios único y verdadero (25-31; 35-40).
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