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La esperanza de una pronta liberación creció entre los exiliados cuando Ciro, rey de Anshán, emprendió su carrera de conquistador y fundador de un nuevo imperio. Ascendido ya al trono de Persia (559-530 a.C.), sus cualidades de estratega y de político le permitieron superar rápidamente tres etapas decisivas: primera, la fundación del reino medo-persa, con su capital Ecbatana (553a.C.); segunda, la conquista de casi toda el Asia Menor, culminada con la victoria sobre el rey de Lidia (546 a.C.); tercera, la entrada triunfal en Babilonia (539 a.C.). De este modo quedó configurado el imperio persa, que durante más de dos siglos dominó el panorama político del Medio Oriente.
Ciro practicó una política de buenas relaciones con los pueblos sometidos. Permitió que cada cual conservara sus usos, costumbres y tradiciones, y que practicara su propia religión, actitud ésta que redundó en beneficio de los judíos residentes en Babilonia, quienes, por real decreto, quedaron en libertad de regresar a Palestina.
El libro de Esdras contiene dos versiones de dicho decreto (Es 1.2-4 y 6.3-12), al cual se acogieron los exiliados que quisieron volver a la patria. Y es importante señalar que el emperador persa no solo permitió aquel regreso, sino que devolvió a los judíos los ricos utensilios del culto que Nabucodonosor les había arrebatado y llevado a Babilonia. A mayor abundamiento, Ciro ordenó también una contribución de carácter oficial para apoyar económicamente la reconstrucción del templo de Jerusalén.
El retorno de los exiliados se realizó de forma paulatina, por grupos, el primero de los cuales llegó a Jerusalén bajo la guía de Sesbasar (Esd 1.11). Tiempo después se iniciaron las obras de reconstrucción del Templo, que se prolongaron hasta el 515 a.C. A dirigir el trabajo y animar a los obreros contribuyeron el gobernador Zorobabel y el sumo sacerdote Josué, apoyados por los profetas Hageo y Zacarías (Esd 5.1).
El Paso del tiempo dio lugar a muchos problemas de índole muy diversa. Las graves dificultades económicas a las que tuvieron que hacer frente, las divisiones en el seno de la comunidad y, muy particularmente, las actitudes hostiles de los samaritanos, fueron causa de que en Jerusalén y en toda Judá se degradara la convivencia entre los repatriados.
Al conocer los problemas que aquejaban a su pueblo, un judío llamado Nehemías, residente en la ciudad de Susa, copero del rey persa Artajerjes (Neh 2.1), solicitó que, con el título de gobernador de Judá, se le permitiera acudir en ayuda de su pueblo (445 a.C.). Nehemías se reveló como un gran reformador, que actuó con capacidad y eficacia. Su presencia en Palestina fue decisiva, no solo para quo se reconstruyeran los muros de Jerusalén, sino también para que la vida de la comunidad judía experimentara un cambio profundo y positivo (cf. Neh 8-10).
Artajerjes invistió, también con poderes extraordinarios, al sacerdote y escriba Esdras, a fin de que este, dotado de plena autoridad, se ocupara de todas las necesidades del Templo y del culto en Jerusalén, y se cuidara de poner bajo la ley de Dios lo mismo a los judíos recién repatriados como a los que nunca habían salido de Palestina (Esd 7.12-26). Entre ellos promovió Esdras un cambio religioso y moral tan profundo que, a partir de entonces, Israel se convirtió en “el pueblo del libro”.
Su figura ocupa en las tradiciones judías un lugar comparable al de Moisés. Respecto a si las referencias a Artajerjes en el libro de Esdras (7.7) y en el de Nehemías (2.1) corresponden a un solo personaje o a dos, los historiadores no han llegado a una conclusión definitiva.
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