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Los babilonios permitieron que los exiliados del reino de Judá formaran familias, se construyeron casas, cultivaran huertos (Jer 29.5-7) y acudieran a consultar a sus propios jefes y ancianos (Ez 20.1-44); e igualmente, les permitieron vivir en comunidad, en un lugar llamado Tel-abib, a orillas del rio Quebar (Ez 3.15). Así, poco a poco, se fueron habituando a su situación de desterrados en Babilonia.
En semejantes circunstancias, la participación común en las prácticas de la religión fue probablemente el más firme vinculo de unión entre los miembros de la comunidad exiliada; y la institución de la sinagoga tuvo un papel relevante como punto de encuentro para la oración, la lectura y enseñanza de la Ley, el canto de los salmos y el comentario de los escritos de los profetas.
Así pues, con el exilio se convirtió Babilonia en un centro de actividad religiosa, donde un grupo de sacerdotes se entregó con empeño a la tarea de reunir y preservar los textos sagrados que constituían el patrimonio espiritual de Israel. Entre los componentes de ese grupo se contaba Ezequiel, que en su doble condición de sacerdote y profeta (Ez 1.1-3; 2.1-5) ejerció una influencia singular.
Dadas las condiciones de tolerancia y hasta de bienestar en que vivían los exiliados en Babilonia, no es de extrañar que muchos de ellos renunciaran en su día a regresar a su país. Otros, por el contrario, manteniendo vivo el resentimiento contra la nación que los había arrancado de su patria y que era causa de los males que les habían sobrevenido, suspiraban por el momento del regreso a su lejano país (Sal 137; Is 47,1-3).
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