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Por lo normal los niños siempre creen y tienen su confianza en los padres. Por ejemplo cuando se les dice, que son encantadores, que son los príncipes o las princesas de la casa, que son guapos, listos, inteligentes y divertidos, entonces se convierten en eso que uno mismos afirma.
Del mismo modo sucede cuando se le dice que son tontos, mentirosos, malos, egoístas o distraídos. Aquello que los padres o los cuidadores dicen se constituye en lo más sólido de la identidad del niño, que en ningún momento cuestiona.
La interpretación que hacen los adultos representa una certeza absoluta para los niños, pues están descubriendo el mundo a través del cristal de sus mayores. Por eso es importante cuidar la intención con la que se dirigen a ellos. Si realmente amamos a los niños, seguro que las palabras estarán llenas de sentimientos cariñosos y suaves. Pero si el resentimiento invade a uno mismo, destilarán indiferencia, y eso es lo que los niños percibirán.
No solo de las palabras, los niños también dependen de las actitudes cotidianas de sus padres. Si los adultos no están presentes, y ellos viven agobiados por sus propios problemas, si anteponen sus preocupaciones a las pequeñas peticiones o a los intereses sutiles de sus hijos, es evidente que estos no se sentirán suficientemente valiosos.
Comprobarán, una y otra vez, que tenemos, aparentemente, “cosas mucho más importantes” de las que ocuparnos, independientemente de que proclamemos un amor incondicional hacia nuestros hijos.
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