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Tengo una gata que se llama la Ponche. Con su cola y sus bigotes, con sus dientes afilados y sus ojos verdes, con su manera de bostezar y relamerse, la Ponche parece un tigre chiquito. Pero en lugar de rugir, maúlla.
La Ponche es perezosa. Si tiene frio, busca el sol y allí se duerme. Si el sol la molesta, busca la sombra y allí vuelve adormirse. Si me la pongo en las rodillas y la acaricio, la Ponche se queda quietecita y cierra los ojos haciendo un ruidito: ron-ron, ron-ron...
La Ponche dedica muchísimo tiempo a su aseo personal: se moja de saliva una pata y se limpia par aquí, y se la vuelve a mojar y se limpia por allá, siempre despacio y con cuidado.
Y cuando al fin acaba de limpiarse y peinarse, parece una señorita recién salida del salón de belleza, pero cada seis meses la Ponche tiene gatitos, y entonces se porta de otra manera.
Casi no existe ella. Los que existen son los gatitos. La Ponche se da a sus cuatro o cinco cachorros. Se reparte entre ellos. Los lame, los peina y a cada rato les cuida de ellos.
A veces cambia de nido. Uno por uno, agarra con los dientes a los gatitos, y los carga, y se los lleva al otro lugar.
Sabe agarrarlos muy bien, porque los gatitos no chillan, y ni siquiera despiertan, cuando los gatitos crecen, la Ponche ya no les do de mamar ni les hace caso.
A veces hasta se pelea con ellos. Es el momento de poner un letrero en la puerta de la calla "Se regalan gatitos", cuando todos los gatitos han sido regalados, la Ponche vuelve a echarse al sol y a la sombra y a lavarse con saliva y a peinarse.
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