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Dice una leyenda oriental que cierto ratón, cansado del mundo, se retiró a vivir dentro de un queso de Flandes. Gozaba allí completa soledad el nuevo cremita.
Tanto trabajó con dientes y con uñas que al cabo de pocos días había hecho en el fondo del queso albergue y almacén. Tenía cuanto necesitaba. Se peso rechoncho como un tejón.
Cierto día fueron a buscar al ratón unos mensajeros del pueblo ratonil en demanda de algún socorro. Estaba bloqueada Ratópolis; se encaminaban a extrañas tierras en demanda de auxilio contra el ejército gatuno y marchaban sin dinero por el precario estado de la república atacada, pedían poco, lo que se les quisiera dar.
Dijo el ratón solitario:
Amigos míos, las cosas del mundo ya no me atañen, ¿En qué podía yo servirles? He perdido costumbre de luchar y no les sería útil en nada... Y cerrando la puerta fue a comer un buen pedazo de queso.
Un día, el dueño del almacén donde se guardaba el queso de Flandes, se dio cuenta de la existencia del ratón alejado del mundo, y después de matarlo echó el queso a la basura.
Si el ratón hubiera ayudado a sus congéneres, no habría encontrado una muerte como la que tuvo; pero no quiso dividir su comida con los necesitados.
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