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Había una vez un niño llamado Rubén que se encontró un lápiz divertido. Pero para saber cómo pasó esto dice así:
Hoy le ha pasado a Rubén una cosa estupenda. Cuando se dirigía al colegio por la mañana, dando patadas a las piedras, como siempre, se fijó en algo que asomaba bajo un coche aparcado junto a la acera.
Rubén pensó:
¡Parece un!
Mientras se agachaba para verlo mejor y dijo:
¡Está un poco gastado, pero es bonito!
Y metiéndoselo en el bolsillo del pantalón, continuó su camino al colegio, silbando tranquilamente.
Ya en el recreo, Rubén se acordó del lápiz y lo buscó en el bolsillo… ¡No estaba! y pensó:
¡Qué raro! ¡No tengo ningún agujero! Miró por el suelo y buscó por todas partes. ¡Y tampoco no estaba!
Cuando terminó el recreo y volvió a clase, algo llamó la atención de Rubén. Encima de su mesa estaba el bloc de dibujo con un precioso dibujo en una de sus hojas. El lapicero descansaba al lado del bloc y el estuche de pinturas estaba un poco revuelto.
¿Has hecho tu esto?
Le preguntó bajito al lápiz mientras lo sostenía en la palma de la mano. El lápiz permanecía inmóvil y Rubén nunca llegó a saberlo.
Pero de vez en cuando, algún nuevo dibujo aparece sobre su mesa, y el lapicero cada vez es más pequeño. Por eso, Rubén ha decidido ponerle una tapa en la punta. No quiere que se le gaste más.
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