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Luisito era un niño de 10 años y my enojón, de todo se enojaba.
Pero cuando más se enojaba era cuando le pedían hacer mandados, dar recados o cuidar sus hermanitos.

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Cuando le hablaban, Luisito se tapaba las orejas y decía: “No oigo, no oigo: soy de palo” y con eso se hacía el tonto.
Luisito se enojaba tanto que pensaba: “Ojalá ya nadie me hablara”
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Pero un día, Lusito amaneció con mucha fiebre, le dolían mucho los oídos y no podía oír lo que le decían los demás.
Prendió el televisor para ver sus programas favoritos, pero no pudio oír nada solo los veía, entonces se puso mu triste y se preocupó.
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Vino el doctor a verlo y le recetó varias pastillas y gotas. Lusito tardó ocho días sin oír nada, Luisito estaba muy triste porque no podía oír nada.
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No podía salir a jugar y no podía oír lo que decían los demás. A los ocho días Luisito se alivió y ya podía oír a los demás, de ahí dejó de decir “No oigo, no oigo: soy de palo”.
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