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Un día una liebre y una tortuga hicieron una apuesta.
La tortuga dijo:
¿No llegas tan pronto como yo a ese árbol?
Contestó la liebre riendo:
¿Qué no llegare? estás loca. No sé lo que tendrás que hacer antes de emprender la carrera para ganarla.
Respondió la tortuga:
Loca o no mantengo la apuesta.
Apostaron, y pusieron junto al árbol lo apostado; saber lo que era, no importa el caso ni tampoco quién fue juez de la contienda.
La liebre solo le bastaba dar más que cuatro saltos, digo cuatro, refiriéndome a los saltos desesperados que da cuando la siguen ya de cerca los perros, y ella los da muy contenta y sus patas apenas se ven devorando el yermo y la pradera.
Tenía, pues, tiempo de sobra para pacer, para dormir y para olfatear el viento. Dejó a la tortuga andar a paso de canónigo. Esta partió esforzándose cuanto pudo; se apresuró lentamente. La liebre, desdeñando una fácil victoria, tuvo en poco a su contrincante, y juzgó que importaba a su decoro no emprenderla carrera hasta última hora.
Estuvo tranquila sobre la fresca hierba, y se entretuvo atenta a cualquier cosa, metros a la apuesta. Cuando vio que la tortuga llegaba ya a la meta, partió como un rayo; pero sus patas se atontaron por un momento en el matorral y sus bríos fueron ya inútiles. Llegó primero su rival.
Entonces dijo la tortuga riéndose:
¿Qué te parece? ¿Tenía o no tenía razón? ¿De qué te sirve tu agilidad siendo tan presumida? ¡Vencida por mi!, ¿Qué te pasaría, si llevaras como yo, la casa acuestas?
La idea de nuestra superioridad nos pierde con frecuencia. No llega a la meta más pronto quien más corre.
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