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Si el hábito de despertarse esta muy tradicional es posible que te cueste un poco acostumbrarlo. Es importante insistir en la idea de que, muchas veces, el niño se despierta por costumbre.
Cuando lo haga, no es necesario que acudas de inmediato al primer llanto, pero tampoco dejes que llore mucho, porque su desespero irá en aumento y le costará mucho más volver a reconciliar el sueño.
Levántate con calma, pero sin pausas y acude a su lado.
Distráele un ratito hablándole con voz suave, sin estridencias, creando un clima apacible, para no desvelarle demasiado.
Acaríciale la cabecita.
A los bebés les tranquiliza notar la mano de papá o mamá en su cabeza, les proporciona una idea de contención, de seguridad y confort y casi siempre dejan de llorar. Aunque ya no sea un recién nacido, le gustará.
Por último, el niño tiene que aprender que puede tranquilizarse sin necesidad de comer.
El contacto físico, el chupón y tu voz le ayudarán a conciliar el sueño otra vez, saltándose el biberón. Poco a poco el niño irá aprendiendo que por la noche no se come. Lo fundamental es crear un ambiente relajado y procurar mantener una rutina.
Y recuerda que lo que realmente surte efecto no es el método, sino la seguridad y la tranquilidad que te le transmites. El éxito está en la actitud que tomes tú.
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